sábado, 6 de diciembre de 2014

La mala muerte de Antoñuelo, el Corcheta




 A Manuel Pedrosa, gran cazador y podenquero y mejor amigo. Con todo el afecto.

 El plomo es ciego, por eso las balas no saben de regates; la que mató a Antoñuelo, el Corcheta, no hizo con él una excepción. La bala sólo es un tiralíneas de velocidad compacta buscando su destino, y el de ésta, venía vestido de luto, que es uno de sus trajes posibles cuando se dispara a ciegas.

El dedo bisoño y temblón que apretó el gatillo buscaba su estreno montero en la finca Mañuelas, en la sierra de Montoro-Cardeña. Era su primera montería. Eso siempre le pesa al novato que no disfruta de su condición de principiante y quiere, por una vergüenza impropia, quemar rápido una etapa que también lleva su tiempo. Mala cosa son las prisas cuando se lleva un rifle en la mano. 


El Corcheta era perrero de la rehala cordobesa de Pepe Ortiz y tenía mucho monte en los zahones. Venía de vuelta de la urgencia que muchos sienten por sacar el cuchillo y hacerle una muesca más a su empuñadura con el envión último de un cochino sujetado a dientes. Antoñuelo, el Corcheta, ya tenía muertos más guarros que los que su memoria le permitía sujetar, por eso sólo remataba cuando era ley y sus podencos le reclamaban el cuchillo para zanjar un lance y poder seguir cazando. 


-          .- Corcheta, montear es fumar; lo demás es tronchar jaras- le decía su compadre.


De ahí que al Corcheta le gustara manchear lento, dejando hacer a los podencos para adivinarle, en su deambular, el pulso al monte. Gastaba las prisas de los que lían a mano sus cigarros y no era muy de estar dando la grita en la mancha. 


-          .- Antoñuelo, que te hagas oír cuando vayas a dar a una armada, que andas siempre zorreando la mancha como un cochino más y la gente va con mucha gana de pólvora.


Pero el Corcheta era como era y aquel día, también fue a su muerte sin una prisa ni una voz de más. Cerca de la armada donde iba a morir, andaban sus perros con el rastro muy caliente y al Corcheta le extrañó que de la postura probable que debía haber en aquel estrecho, no se hubieran escuchado disparos. 


Ignorante del taponazo que da un cochino cuando se la juega al cruzar un estrecho, al montero joven e inexperto sólo le dio tiempo a seguir con la mirada a los dos jabalíes que venían escurriéndose de los podencos de Antoñuelo. Después de que aquellos dos macarenos se fueran de rondón, sintió el rifle – inerte entre sus manos- como algo flácido, inútil, preso de una inmovilidad de la que él era el único responsable. El montero joven e inexperto tenía una sensación parecida a la vergüenza, como si toda la montería hubiera visto en cámara lenta a aquellos dos cochinos cumpliendo en su puesto sin escuchar tan siquiera un disparo. Necesitaba un nuevo lance con el que conjurar la inconfesable sensación de ridículo. Fue entonces cuando escuchó el crujido de la leña seca de una jara, poco más o menos por donde los jabalíes habían cruzado en el tiradero.


Las recámaras de los rifles son mala sala de espera para las balas, les contagian una urgencia de explosión que sólo el dedo índice puede sujetar manteniendo las distancias. La bala que mató al Corcheta supo – por el calor de la piel en el gatillo- que había llegado su momento. El rifle apuntó al espeso donde un nuevo crujido delataba, ya sin ninguna duda, una presencia del otro lado. Quizá fue el miedo el que poco a poco fue dando presión al índice; seguramente el joven montero fue el primer sorprendido al escuchar el disparo de su rifle. Después, el grito sordo y desgarrador de un pecho reventado, como la caracola última que el Corcheta hiciera sonar en el monte. Así lo entendieron al menos sus podencos, que vinieron al galope barruntando de lejos la desgracia, rodeando a Antoñuelo, el Corcheta, sin saber bien qué había que hacer porque la agonía era, en aquella ocasión, la del amo.


A los gritos del joven montero acudieron otros cazadores y otros rehaleros. Se paró la montería como se paran los relojes cuando el tiempo se detiene. Fue llegando más y más gente. Allí había un pecho abierto y una vida que iba tiñendo de rojo el verde pringoso de los jarales, como una res herida más.


Los podencos del Corcheta, en su ignorancia y en su miedo, hicieron círculo rodeando al amo, vistiendo de dientes y de baba el aire, rugiendo feroces a los que pretendían auxiliar al herido. Allí nadie iba hacerle más daño al amo. Nadie se atrevía a auxiliar a Antoñuelo para no dar a los campaneros carne para un agarre. Sólo su compadre, al que conocían bien los perros, pudo romper aquel círculo de rabia, quitando uno a uno, y muy lentamente, todos los perros. Cuando llegaron hasta el Corcheta, a su cuerpo se le había ido ya la vida.

 .

Este cuento está basado en una historia real. Sucedió allá por los años setenta del pasado siglo durante una montería en la finca “Mañuelas”, allá por Fuencaliente; y es una de las vivencias que recoge 'El Gran libro de la Rehala', de Mariano Aguayo








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