miércoles, 21 de enero de 2015

Malapata



Publicado en la revista "Linde y Ribera".


Pena con pena y pena desayuno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.


 (Miguel Hernández)

Las cabras, para un perro pastor, tiene más categoría que las ovejas, dónde va a parar. La oveja es un animal de seso corto, asustadizo y aburrido, muy torpe al lado de las cabras, que parecen paridas por una lagarta de cómo suben por las piedras sin despeñarse. Las cabras hacen de los guijarrales una alfombra de terciopelo y de cuatro hierbas un menú regio; a la ovejas les valen los rastrojos de paja aburrida para ver pasar el tiempo, para adocenarse sin remedio en su idiotez última.

Yo he sido perro pastor de unas y de otras y me quedo con las cabras, quizá también sea porque era Miguel, el hijo, quien muchas veces venía de pastor cuando yo era joven y eran cabras lo que tenía su familia, cerca de la huerta del Segura, al pie de la sierra oriolana, la que verdea un tanto las tierras alicantinas cuando se arriman a Murcia.

A Miguel, su padre lo sacó de la escuela para cuidar las cabras de la familia, pero yo bien pronto supe que lo suyo no era el pastoreo, porque la mayor parte del tiempo dejaba que las cabras campearan solas y buscaba la sombra en verano y las solanas en invierno para leer sus libros, que a mí me parecían siempre el mismo y resultaba que eran distintos. Pienso que algo maravilloso debe tener eso de leer porque Miguel cuidaba sus libros con el mismo mimo que su padre guardaba el tocino cuando era él quien venía con las cabras. 

A Miguel, cuando leía, se le pasaban las horas muertas, aunque para él estuvieran llenas de vida a juzgar por cómo tenía el seso de sorbido por las palabras. En otras ocasiones – los días de los  pastores son largos- escribía; y unas veces parecía que alguien le dictaba, de rápido que lo hacía; y en otras, sin embargo, dejaba pasar mucho tiempo y cerraba los ojos como esperando a que fuera el viento – seguramente el viento del pueblo- quien le susurrara al oído el verso que cerrara el poema.

Mientras, yo dejaba irse al día con el hocico cruzado entre las patas, que es como a los perros de pueblo nos gusta ver pasar las horas. Eso sí, siempre con una oreja atenta al tintineo errático de las campanillas que las cabras llevaban al cuello, como si fueran  medallas por su leche, no fuera que alguna se despistara del hato y luego hubiera que ir a buscarla. Además, con Miguel nunca faltaba un trozo de pan ni una caricia, una mano que se paseaba por mi pelo largo y sucio, por mi corazón de perro agradecido. Quizá fueran mis días más felices, para qué negarlo.

Ya de vuelta a casa, unas tardes me quedaba en el quicio de la puerta, oyendo a Concha, la madre de Miguel, trastear en la cocina; y otras, me daba por seguir a Miguel por las calles del pueblo, cuando iba a ver a D. Luis Almarcha, canónigo de la Catedral; o a la tahona, que allí se reunía con Carlos Fenoll y con Ramón Sijé, y no para hacer pan, sino para hablar de libros. Ya de noche Miguel llegaba a casa con la mirada encendida de versos. Quizá también fueran aquellos sus días más felices.

.- Malapata, qué feo eres, contigo no me sale una buena égloga en la vida.

Pero como me lo decía acariciándome, no lo tomaba a pecho. Así pasaron mis primeros años hasta que Miguel se fue por vez primera a Madrid. Y con su hermano Vicente, el monte no era lo mismo. Igual que Miguel me contagiaba sus ganas de vivir, Vicente me pegaba su aburrimiento, como una mala sarna, y el calor se volvía insoportable y las garrapatas picaban más que nunca. Miguel era un pastor con alma y palabra de poeta; Vicente era un pastor con alma de recluso. Sólo cuando le daba por coger la escopeta la cosa cambiaba, y yo volvía a ser un cachorro olfateando bajo las zarzas y las escobas que orillaban un arroyo seco que siempre guardaba algún gazapo. Qué tendrían los conejos que su olor me aceleraba la sangre, sentir sus huesos crujir bajo mis dientes, sus chillidos de agonía, me devolvían al lobo que una vez debí ser. Y cualquiera lo diría viéndome, que Miguel tenía razón, porque yo era medianejo y feo, más estirado que alto, de pata tirando a corta, lleno de un pelo largo y negruzco que la suciedad lentamente fue trenzando sobre mi cuerpo a fuerza de mugre.

Miguel siempre me decía que no pasaría nunca sed en los días de lluvia y Ramón Sijé decía que era un vampiro al revés, todo porque mi mandíbula inferior era de perro grande y la superior, de chico, y los colmillos de abajo siempre andaban asomándose por fuera del morro. Hay que ver qué juego damos los feos para la risa.

Un día de los que estaba con Vicente en el campo, venteé un olor a conejo, siguiendo su rastro llegué a un escarbadero que estaba trillado de cagarrutas, con la arena muy pisada y suelta de las escarbaduras. También había un olor raro, como a hierro viejo o a muelle oxidado. Algo me decía que no debía cruzar el arenal para seguir la búsqueda en las zarzas contiguas; sin embargo, las ganas de dar con el conejo me hicieron olvidar la prudencia. Pisé la arena y sentí bajo ella una chapa metálica que se hundía al tiempo que dos arcos de hierro se cerraron sobre mi pata como un disparo silencioso. Sentí tronzarse el hueso y un dolor inmenso me hizo chillar, aquella cosa de hierro no soltaba la mordida. A mis aullidos vino corriendo Vicente.

Antes de llegar hasta mí tanteó con un palo la arena removida que me rodeaba. La madera tocó hierro y otro cepo saltó para partir el palo. Mi dolor y mi espanto salían de mi garganta en un griterío tan desesperado como el de los cerdos en matanza. Vicente se agachó para girar el hierro y a mí con él, y el dolor se hizo inmenso y pensé que se me desgajaba la pata.

.- Quieto Malapata, quieto, no me muerdas que te remato.

Pisó el cepo lentamente y los brazos de hierro se fueron abriendo y la pata quedó colgando: inerte, inútil. Vicente me recogió en sus brazos y me llevó al pueblo. Miguel, el padre, cuando me vio, dijo que lo mejor era darme el paseíllo. Yo no entendí bien qué quería decir, pero por la cara y por el tono, me gustaba menos que el dolor que tenía en la pata. Creo que fue Elvira, la hermana de Miguel, quien con su llanto me salvó aquella noche. Se agarró a su padre y le suplicó que me curara, que ni ella ni Miguel se lo perdonarían. Vicente me llevó al veterinario y ya no recuerdo más, sólo que cuando me desperté me faltaba una de las patas delanteras  y tenía vendado el muñón que delataba su ausencia.

Dejé de salir al campo con el ganado y los días se hicieron todavía más largos. Pronto vino otro perro para irse con las cabras y a mí me comía la tristeza de saberme inútil, de sentir el vacío bajo el muñón, como una soga tirante que llenaba mi vida con la angustia baldía de los lisiados.

Un día que amaneció lloviendo, sentí en la madre de Miguel un desasosiego feliz, un comecome de chiquilla que le quitaba años de encima. Elvira iba de un lado a otro, ordenando la casa, moviendo con un cucharón el guiso que aquel día, como si fuera Navidad,  llevaba gallina y olía mejor que nunca. Las dos se fueron a la plaza. Sentí llegar el coche de línea que venía de Alicante. Andaba mirando el caminar nervioso de una mosca sobre una piedra cuando les sentí llegar. Algo me hizo levantar las orejas y avivar la nariz. Olía a Miguel, que siempre tenía un inconfundible y limpio olor a tierra y a alpargata. A lo que me daban mis tres patas corrí hacia ellos. Miguel me cogió entre sus brazos como cuando cachorro y yo lamía su chaqueta gastada por la ciudad y movía el rabo como queriendo barrer tanta ajadura.

Aquella noche, salió al quicio de la puerta. Mientras liaba un cigarro vi por debajo de su mirada y de sus manos una tristeza que no le conocía. Debía ser que en Madrid no encontró aquello que buscaba. Yo me dejaba acariciar y de mi garganta salía un ronroneo de gusto, como si fuera un gato.

.- Malapata, ni me dejas ni te callas, eres como una pena fiel e importuna.

Yo imaginé que por debajo de aquellas palabras había un poema muy triste.

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