miércoles, 18 de febrero de 2015

Laika y los Mekwos



A la pequeña Laika, que, según la historia oficial, en 1.957 se convirtió en el primer ser vivo que viajó al espacio. Murió apenas siete horas después del despegue debido a las elevadísimas temperaturas que se alcanzaron dentro de la nave y a taquicardias provocadas por el pánico.


Lo cierto es que para ser una vida perra, la mía no ha sido aburrida. Si ahora, ya en la vejez, me animo a dejarla escrita no es por engreimiento alguno, ni por ganas de hacerme un hueco en la Historia, pues toda vanidad copiada de lo humano no habita más que en mi memoria más lejana. Eso lo saben bien los Mekwos que me conocen. Es por ellos que dejo aquí escrita la historia de mi vida, para que no se pierda, y por lo menos sirva para que los cachorros de los Mekwos la escuchen en las noches de las Seis Lunas Brillantes, que es cuando todos se sientan al amor de las palabras de los Onix,  que son los encargados, con sus historias, de mantener viva la memoria del Universo. Pero vayamos por partes y no hagamos del final el principio de esta historia.




Nací en un pueblo cerca de Estalingrado, en la antigua Unión Soviética, un país relativamente grande para lo pequeño que era el planeta en el que se encontraba. De aquellos años recuerdo el frío intenso, excesivo para mi pelo corto y mi falta de hogar. Pasaba mis días callejeando la comida y el calor a partes iguales, sin mucho pasado, pues yo era aún medio cachorra; y sin demasiado futuro, que en aquel pueblo a los perros casi nunca les dejaban hacerse viejos.



Un día me atraparon los de la perrera de Estalingrado. De cuando en cuando hacían batidas por los pueblos cercanos para vaciarlos de perros vagabundos. No había cultura de medias tintas en la antigua Unión Soviética. En la perrera aprendí a comer ratas para sobrevivir. No se me daba mal. Era pequeña y muy rápida. No todos los perros se atreven con una rata cuando se encara para defenderse: hay que tener mucha sangre o mucha hambre para hacerlo. A mí me sobraban las dos cosas y en aquel tiempo no había mucha comida para los perros que estaban de más. Confieso que aquellas ratas, en su agonía rápida bajo mis dientes, me hicieron sentir una forma extraña de felicidad, como si aquellos instantes de sangre tibia en la boca vinieran de la prehistoria para que recordara que alguna vez los perros también fuimos libres.



Quizá porque era la más chica de talla, pocos días más tarde, cuando vinieron los militares, me escogieron a mí y me llevaron con ellos, muy lejos, a juzgar por el tiempo que pasé en la oscuridad del camión. Cuando por fin abrieron la jaula no supe bien qué hacer. Como una boba comencé a mover el rabo buscando una mano amiga después de tanta soledad.  Confieso que aquellos hombres nada tenían que ver con los campesinos que yo conocía y todos me miraban con una mezcla de compasión y de ansiedad que entonces no comprendí bien.



Durante varios días estuvieron haciéndome pruebas médicas, llenándome de cables conectados a máquinas repletas de luces y de botones. Me acostumbraron a permanecer horas en una especie de cilindro metálico desde el que, sólo moviendo la cabeza, podía comer y beber. Los perros hacemos costumbre rápido y pensé que aquella forma de vida no era tan mala y, aunque correr no podía, no pasaba ni frío ni hambre. Con qué poco nos conformamos los perros. Sin embargo, una mañana, me llevaron al interior de un gran cilindro vertical dentro del cual había otro idéntico al que yo conocía. Cuando los motores del Sputnik 2 se encendieron, todo se estremeció. Comprendí de pronto que, aunque nací perra, mi destino me había convertido en un conejo de Indias. Amarrada dentro del cilindro traté en vano de liberarme. Sentí que la nave se elevaba, primero con relativa lentitud; después, la aceleración brutal, y un vértigo en el estómago que me llevó al pánico. 



Poco después todo se hizo más suave, cesaron los temblores, como si la nave hubiera cogido el rumbo de un viento favorable y navegara empujada por una vela invisible. No sé cuánto tiempo pudo pasar hasta que, de pronto, las agujas de los indicadores comenzaron a oscilar de un extremo a otro sin causa aparente. Una luz verde e intensa fue lo último que recuerdo del Sputnik 2. Cuando abrí de nuevo los ojos y vi por vez primera un Mekwo pensé que estaba dormida o muerta. El Mekwo se acercó a mí y puso una especie de mano gelatinosa sobre mi cabeza. A través de su mano recibí la explicación de lo que había ocurrido: durante una misión de reconocimiento en el sistema solar, la nave de los Mekwo había detectado al Sputnik 2. Al comprobar que en su interior había una forma de vida desconocida para ellos, copiaron los códigos de las señales que emitía la nave terrícola y los reprodujeron artificialmente al tiempo que se apoderaban de ella, todo sin solución de continuidad, de forma que en la Tierra nadie pudiera sospechar lo que en realidad estaba ocurriendo. Manipularon los sistemas biométricos del Sputnik 2 para que los que seguían mis pasos desde la tierra pensaran que yo había muerto por un aumento excesivo de temperatura y una parada cardiaca consecuencia del pánico. Después, dejaron a la nave seguir orbitando cerca de la Tierra hasta que se desintegró algún tiempo después.



Supe que entre aquellos seres con forma de campana iba a pasar lo que me quedara de vida. Tenían una especie de boca que siempre estaba sonriendo - quizá por eso no transmitían ninguna amenaza- y dos ojos pequeños y negros que nunca se movían. Olían de una manera extraña que yo traté de asociar, sin éxito, a alguno de los animales que conocía. Su color era cambiante según les diera la luz. Se movían sin hacer ruido, como si no pesaran.



De pronto, uno de ellos se acercó, puso su mano sobre mi cabeza para decirme – no me pregunten cómo- que no tuviera miedo, que los Mekwo eran un pueblo de paz entre los que podría vivir sin peligro y que íbamos en viaje de vuelta hacia su planeta. Después, me quedé dormida y no sé cuánto tiempo permanecí así. Estoy por creer que años, no estoy segura, porque el tiempo de lo Mekwo no tiene una medida parecida a la que dictan los relojes y ahora, que soy vieja, ya no soy capaz de acordarme de lo que dura un día en la Tierra.



Cuando desperté me encontré rodeada de Mekwos. Venían con sus cachorros a verme. Sus crías eran como pequeños cascabeles, redondos y tintineantes, y cuando se movían parecía que rodaban y de su cuerpo salía una especie de risita tímida que me quitó el miedo. Uno de ellos se acercó a mí. Todos los demás callaron y se hizo un silencio de los que ponen cara al miedo. El pequeño Mekwo sacó una especie de mano y me acarició la cabeza. Me dejé hacer y moví el rabo para agradecer su ternura. Lamí su cuerpo. Tenía un sabor dulce y estaba caliente. El pequeño tintineó algo que a mí me sonó como una risa de niño. Supe que, de tenerlo, me había ganado el corazón del pequeño. Con él y con lo que debían ser sus padres me fui.



No fue fácil acostumbrarme a respirar aquel aire tan pesado, ni a los nuevos olores que venían con el viento, tampoco a comer aquella especie de sopa espesa y azul que era el único alimento de los Mekwo. Agradecí que en aquel Planeta no hubiera ni garrapatas ni pulgas y que los Mekwo nunca golpearan a los animales. Aprendí a soportar el aburrimiento del invierno y sus noches sin día, y el insomnio de los veranos con sus días sin noches. Soporté como pude no volver a pisar la tierra húmeda, no clavarme ninguna espiga en agosto y no correr nunca más detrás de un gato. Hubo noches en las que me pudo la tristeza de saber que no había ningún perro cerca con el que poder cazar ratas.



Sin embargo, he de reconocer que las casas de los Mekwos son cálidas. Eso es mucho para una perra que viene del frío. Además, ellos siempre tienen un momento para apoyar su mano sobre mi cabeza y decirme – con esa manera que tienen  de conversar tan parecida a la ternura – lo mucho que sienten haberme sacado de aquella nave tan primitiva que acababa de despegar del planeta azul cuya vida estaban estudiando.  Esa complicidad nunca la encontré en la Tierra, y a un perro, no hay que olvidarlo, lo que más le gusta es que le quieran.



El tiempo fue pasando e hice mía aquella nueva vida, también sus dos soles y sus seis lunas, que alternaban su presencia de manera que nunca coincidían, salvo en la noche de las Seis Lunas, cuando todas brillaban simultáneamente y daban una luz igual a la que el sol reflejaba en las aguas del Volga los días del verano. Era durante aquellas noches con luz, el momento en que los Onix, los contadores de historias, relataban lo que habían aprendido de los lejanos planetas que pueblan el Universo.








6 comentarios:

  1. Ojala todos los finales vinieran acompañados de esa forma de conversar tan parecida a la ternura.

    Por cierto, me has hecho llorar con esta historia.

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    1. Quizá por una desconocida herencia de los Mekwos, en ocasiones nuestras manos llegan donde el lenguaje no alcanza.

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  2. Que historia mas bonita Luis, se me han saltado las lágrimas, me ha encantado.

    Ana

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    1. Gracias por tu comentario Ana. Saber que las palabras que escribí pueden llegar a emocionar, me anima a seguir escribiendo.

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  3. Me ha encantado, no hace mucho escuché la grabación que se hizo cuando mandaron a esta perra al espacio y sus chillidos se clavaban en el alma.

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  4. Escribí este cuento cuando me enteré de que la pobre perra había muerto porque su corazón no pudo con tanto pánico. Qué menos que ofrecerle otro final, aunque sea inventado, entre los buenos Mekwos. Muchas gracias por tu comentario

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