jueves, 12 de marzo de 2015

La segunda carta (Mexico, Año de Nuestro Señor de 1550)




Mi nombre es Alonso de Mendoza. Nací en Medellín, Badajoz, hace ya tantos años que no estoy muy seguro de llevar bien la cuenta. Hoy, en la noche de San Blas de 3 de febrero de 1.550, escribo a la luz de una vela que alumbra esta vejez mía que está agotando la arena que guarda en su reloj.  Y como todavía mi memoria anda joven y se acuerda bien de lo que ya llevo vivido, quiero dejar escritos los acontecimientos que llenaron mi juventud de amores y miedos, de aventuras y de desengaños, no sea que pronto se me acabe la prórroga, que por mi edad, ya me ha debido ser concedida.




Cuando era muy joven embarqué rumbo a la Isla Fernandina no sé si en busca de un futuro o huyendo de mi pasado. Allí estuve unos años, descubriendo los colores de un mundo que recién estaba por descubrir, hasta que el día de Nuestro Señor de 10 de febrero de 1.519, temeroso por ver que mi vida andaba echando raíces siendo yo tan joven, embarqué de nuevo, esta vez con la proa hacia el Yucatán, en la expedición que capitaneaba Hernán Cortés, con una armada de diez barcos, con seiscientos españoles, trescientos indios antillanos, doce caballos y diez cañones.



Recorrimos la costa de Yucatán, para seguir la costa del golfo de México hasta Tabasco. Pasado un tiempo, fundamos Veracruz, y desde esta villa seguimos adentrándonos por tierra, peleándonos con unos indios y haciendo amistad con otros, llenando de traiciones y actos de coraje los primeros días de aquellos años que ahora en mi vejez recuerdo como una mezcla de acíbar y azúcar de caña. Allí conocí a los indios feroces del río Pánuco, el sabor de la raíz de la yuca; allí vi las piezas de oro y las piedras que los indios totonaques, en la ciudad de Cempoalla, colgaban de sus labios y de sus narices. Todo nos resultaba nuevo, todo era tan distinto a lo que yo había visto en mi Extremadura natal, que mis ojos volvieron sin querer al asombro de la infancia.



Recorrimos muchas leguas, las más de las veces a pie y algunas a caballo, que bien pronto me gané el derecho a montar cabalgadura. Sin embargo, nada nos embriagó tanto de belleza como la ciudad de Temixtitan, hoy más conocida como Tecnochtitlán, construida sobre las aguas mansas de un lago y unida a otras ciudades como Xochimilco, Tlapacoya, Iztapalapa, Chalco, y Texcoco por una tupida red de calzadas que tejieron el lago con venas de piedra y arena en una arquitectura que jamás soñara Castilla para sus ciudades. Allí comprendí lo lejos que quedaba nuestra fe católica de la de aquellos indios que adoraban a varios dioses: Tláloc Tlamacazqui, dios de las lluvias; Texcatlipoca, dios invisible que repartía prosperidad e infortunio entre los hombres; y, sobre todo, Huitzilopochtli, dios de la guerra y máxima divinidad de los aztecas a quien los indios ofrendaban sacrificios humanos arrancando a las víctimas el corazón cuando todavía estaban vivos, sólo por ofrecerle a su dios la sangre de sus últimos pálpitos. En Temixtitan, los españoles y nuestros aliados tlaxcaltecas congraciamos con los méxicas, habitantes de aquella ciudad, hasta que la desconfianza de unos pocos al mando de Pedro de Alvarado – pues Cortés había marchado a interceptar las tropas de Pánfilo de Narváez- vieron una revolución inminente donde no había más que la gran fiesta del mes "toxcatl", y ordenaron el asesinato en masa de más de seiscientos principales de la nobleza méxica que allí estaban reunidos. La sangre de los indios tiñó de rojo las aguas claras del lago y despertó en ellos un odio tan atroz que sus manos amigas se convirtieron en garras contra los españoles. Cortés regresó y encontró a sus hombres cercados, hambrientos y desesperados. Mucha fue la muerte que se sembró aquellos días y mucha más la que se cosecharía después. Cercados por los méxicas, todo el trabajo y la batalla se iba en tomar los puentes que conectaban las distintas partes de la ciudad y ésta con tierra firme; puentes, que los indios destruían para aislarnos y nosotros intentábamos cegar para que los peones y, sobre todo los de a caballo, tuvieran franca la salida y la retirada. El mismo Cortés peleó como uno más, y buenas pedradas se llevaron él y su caballo, que de no ir cubiertos ambos de panoplia, algo más que una abolladura se llevaran sus huesos. Y en esto de lanzar piedras parecían muy puestos los méxicas, pues a pedradas mataron a su rey Moctezuma, a quien Cortés tenía preso, cuando fue obligado a hablar a su pueblo desde el balcón de su palacio para intentar calmar la revuelta. Peleamos contra los indios, pero también contra el hambre, que era mucha, y el cerco no estaba para comercios. Por eso, cuando algún caballo moría, muchos nos jugábamos la vida para arrimarlo del lado de los cristianos, y más de uno murió antes de probar bocado, pues, aunque andábamos todos muy flacos, hacíamos buen blanco estando en descubierta. Después, en las pocas treguas que nos daban, nos lo merendábamos hasta los tuétanos, que nunca me supo carne alguna tan sabrosa como aquella que el hambre y nuestra imaginación convertía en cordero lechal, perdiz, o capón, según el gusto que tuviéramos aquel día por comer esto o aquello.



Los acontecimientos fueron de mal en peor y la victoria quedaba cada vez más lejos. El día 30 de junio de 1.520, los capitanes de Cortés se dejaron llevar por los augurios del soldado Botello Puerto de Plata - que tenía fama de nigromántico y adivino y que aseguraba que si no salíamos aquella noche de Temixtitan, todos moriríamos allí -  y presionaron a Cortés para que ordenara el abandono de la ciudad. La triste noche de aquel día, cargados con todo el oro y las joyas que pudimos llevar, y con un hijo y dos hijas de Moctezuma y con Cacamacín, señor de Aculmacán, como rehenes, intentamos cautelosamente abandonar los muros de la ciudad por la Calzada de Tacuba ayudados por un puente de madera que nosotros habíamos construido. Todo funcionó hasta que los alaridos de los vigías alertaron a nuestros enemigos, que cayeron sobre nosotros como un avispero enfurecido. Los detalles de aquella carnicería no quiero recordarlos. Sólo diré que aquella noche murieron más de seiscientos españoles, unos dos mil de nuestros aliados - los indios Tlaxcaltecas- y perdimos toda la artillería, la mayoría del oro, ballestas y fusilería que llevábamos encima. Fuimos humillados, derrotados por el orgullo de un pueblo que no nos perdonó nuestra arrogancia. Nos siguieron tierra adentro, hostigándonos sin tregua, hasta que, cuando ya creíamos que todo estaba perdido, quiso Nuestro Señor ayudarnos, y así, el día 7 de julio de aquel mismo año tuvo lugar la batalla de Otumba donde todavía no sé si por un golpe de suerte o de audacia, nuestro capitán Cortés acertó a matar al caudillo de los méxicas. Dice el refranero que muerto el perro se acabó la rabia, y así fue, que todos los indios dieron la espantada al ver a su jefe vencido por el de los españoles. Sólo entonces, enfermos, doloridos, y despojados de nuestra rapiña y de muchas de nuestras armas, llegamos la ciudad amiga de Tlaxcala donde al sueño y al hambre dimos una tregua, algunos con algún diente de menos; y otros muchos, mancados, cojos, y con alguna cicatriz de más.




Muchos españoles murieron en aquel éxodo precipitado, y muchos indios también, como Ana, la hija bautizada de Moctezuma, que por aquel tiempo estaba encinta de Cortés. Quizá su muerte, y la de tantos españoles, cambiara el ánimo de nuestro Capitán, que a partir de entonces mostró cada vez menos escrúpulos en abandonar la diplomacia por la espada, el papel por la armadura, y las buenas artes de gobernante por el caudillaje más severo.



De las batallas que siguieron a la de Otumba no quiero hacer relación para no hacer de esta carta unas memorias que al lector aburran por repetitivas y al historiador no interesen por huérfanas de datos; porque si duras fueron las jornadas que siguieron a las de la Noche Triste, peores fueron las que vinieron después, cuando Cortés me encomendó la tarea de llevar a nuestro emperador Carlos V la segunda relación de las cinco que finalmente redactaría, y en las que dio testimonio de las cosas que en la Nueva España sucedieron desde que saliera de Cuba. Cuando recibí la noticia de que yo sería el correo entre Cortés y el Emperador, me embargó una mezcla de pena y de esperanza, por tener que irme de una tierra que ya sentía como mía, y por volver a la que me había visto nacer.



Tres fueron las naves que se prepararon para la expedición, pues además de la carta cuya custodia Cortés me encomendó, también viajaba conmigo el pago en oro y riquezas que correspondía al Emperador. Después de no pocos preparativos partimos de la Nueva España el día de Nuestro Señor de 5 de marzo de 1.521, rumbo a la isla de Cuba donde se quedarían algunos españoles que habían manifestado a Cortés su deseo de volver a la isla de la que habían partido. Los demás, después de aprovisionarnos de agua y de comida, pusimos la proa hacia España. Conmigo viajaba Diego de Ordaz, fiel amigo que me acompañó durante los peores momentos y que ahora viajaba conmigo para entregar al emperador las riquezas y las noticias que Cortés le enviaba desde el Nuevo Mundo. También se sumó al viaje, Alejandra Díaz Alonso, hija de un español de Salamanca que había hecho riqueza en Segura de la Frontera - ciudad que Cortés fundó - y de una negra antillana a quien conoció durante sus primeros días en Cuba y con quien después tuvo hasta tres hijos. Alejandra marchaba a España para casarse con Alonso de Montemayor, marqués de Coria, supongo que para que su padre viera cómo su riqueza se apellidada de un título de nobleza y, entiendo, para que el noble español apellidara con dinero su marquesado huérfano de posibles.




Confieso que quedé prendado de la belleza de Alejandra desde el primer momento en que la vi. Era una mujer alta, de unos veinte años, con la piel morena y caribe de las que forja el sol de Cuba, con ojos oscuros y labios carnosos y grandes. Alejandra tenía la sonrisa fácil de los veinte años, la piel hecha de azúcar de caña y unas manos grandes, como hechas para acariciar. Durante los primeros días traté de olvidarla, de apartar de mí su imagen que martilleaba mi corazón día y noche. Quise pensar que ese ardor era fruto de los muchos meses que pasé sin ver a una española – aunque ésta tuviera tanta sangre antillana como salmantina- y del deseo de dar destino a mi juventud, que se agolpaba de pronto en mi corazón para hacerlo galopar cada vez que me hablaba, cada vez que la veía mirando vagamente el mar.



No recuerdo bien en qué momento comprendí que mi anhelo no estaba huérfano de correspondencia, que ella también comenzaba a sentir el vértigo que produce el deseo que no puede ser, la marea imparable de lo prohibido. A medio camino entre Cuba y las Islas Azores, una noche de luna y de insomnio hizo que nos encontráramos sobre cubierta, cuando todos los demás dormían y sólo el vacío azul del mar nos acompañaba. Sin palabras nos buscamos, sin palabras nuestros labios fueron manos alfareras para el barro de los besos. Juntos, aquella noche estuvimos muy lejos de Cuba y de España y muy cerca de la Tierra Prometida, que en esos momentos estaba toda sembrada de mar. A partir de aquel día y durante todos los que siguieron hasta llegar a las Islas Azores, todo fue esconderse durante el día y buscarse en la noche, evitar las miradas que comenzaban a murmurar y cerrar los ojos cuando llegaba la noche y tres golpes dulces en la puerta de mi camarote anunciaban el secreto, se hacían contraseña para un encuentro que duraba hasta poco antes del amanecer. Como todos los paraísos, aquellos días tuvieron mucho de espejismo que se va para dejarnos con la misma sed que siempre.



Después de muchas jornadas navegando avistamos las Islas Azores y aunque todavía quedaba mucho camino, todos sentíamos cerca el final del viaje. Qué ignorantes de lo que todavía nos esperaba, que pardillos en manos del estafador del destino. Durante los días que pasamos en la isla de San Miguel, llegaron a nosotros los rumores de que una flotilla de corsarios franceses, al mando de un tal Jean Florín, andaba esperándonos a la altura del Cabo de San Vicente para hacer presa sobre nosotros y llevarse el tesoro que empanzaba de oro nuestras naves.



Ocultando nuestra verdadera identidad y propósito, Diego de Ordaz y yo recorrimos las peores cantinas de Ponta Delgada, capital de la isla de San Miguel, que es la más grande de las de las Azores, para ver qué había de cierto en aquellos rumores que, sin saber cómo, se habían propagado como la pólvora entre la tripulación. En una taberna que se llamaba “Papagagio Espanhol” encontramos a un viejo marino portugués que después de beberse media botella de ron, se hizo muy amigo nuestro, y que nos dijo que el tal Jean Florín no era un pirata de los que llenaban el barco con cuatro desertores y cincuenta borrachos, sino un corsario a sueldo del rey de Francia, que había amarrado su flotilla en el puerto de Ponta Delgada unas semanas atrás y que anduvo preguntando cuáles eran las derrotas que los barcos españoles seguían cuando iban a España. Su información nos alertó aún más, pero nada dijimos a la tripulación para no desalentar las pocas ganas que tenían mis hombres de batallar en el mar.



Un par de semanas después, con las bodegas llenas de oro, de agua, y de pólvora recién comprada, pusimos rumbo al Cabo de San Vicente, para de allí llegar a costas españolas y dirigirnos a Sevilla donde nos estaría esperando el correo que había de llevarnos ante el Emperador. El tiempo nos acompañó durante los dos primeros días de la travesía en los que Alejandra y yo disfrutamos como si fueran los últimos; sin embargo, una tarde, el cielo comenzó a llenarse de nubes como de algodón negro que se hicieron en la noche una sola para descargar toda su agua y su viento sobre las tres embarcaciones. Como el resto de la tripulación que habíamos nacido tierra adentro, pensé que aquella noche era la última, pues el barco parecía un títere en manos de un lunático furioso. Como pude, busqué a Alejandra y la encontré tiritando de miedo y de fiebre, con el estómago deshecho del vaivén horrible del casco y las manos cerradas sobre la medalla que siempre colgaba de su pecho. Nos abrazamos en silencio, como lo hiciéramos unas noches atrás sobre cubierta. De pronto, unas voces sobre cubierta me llamaron. La vela mayor se había rasgado y las jarcias de sujeción habían reventado por el viento y revoloteaban por encima de nuestras cabezas como un remolino de serpientes. Uno de los palos de estribor crujió y vino hacia nosotros como lanzado por un  dios vengativo. Yo conseguí esquivarlo, pero dos marineros que estaban detrás de mí fueron golpeados y arrojados al mar, que se los trago con su boca de espuma hambrienta. Aquella noche perdimos gran parte de la carga que tuvimos que estibar en cubierta, una vía de agua en las bodegas mojó parte de la pólvora que llevábamos en nuestro barco, cuyas velas y las de uno de los dos que nos acompañaban quedaron con tal daño, que hicieron muy lenta nuestra navegación.



Los días siguientes al de la tempestad los empeñamos en reparar los desperfectos de las naves en lo que pudimos, pues no llevábamos repuesto para tanta vela rota. Seguimos rumbo hacia el Cabo de San Vicente con un ojo puesto en nuestro barco y otro en el horizonte. Una especie de tensión callada, de miedo apenas disimulado, se iba extendiendo sobre cubierta. Todos sabíamos que sólo uno de los barcos estaba en condiciones de maniobrar y navegar con presteza si finalmente éramos atacados por los corsarios franceses. Una mañana soleada, con viento flojo del Sur, la voz del vigía apostado en lo más alto de la mesana nos alertó de la presencia de unas velas que venían por estribor. Cinco embarcaciones enfilaban su proa directamente hacia nosotros aprovechando el viento que para ellos soplaba de popa, hinchando sus velas como si fueran los pulmones de un gigante.



Dispusimos la nave que se encontraba en mejor estado, parapetada detrás de las otras dos; y las tres juntas, con las pocas velas enteras que nos quedaban, desplegadas rumbo a España, rogando a Dios un cambio de viento que empopara nuestras naves y detuviera el avance de las del francés, que cada vez estaban más cerca. Pero los barcos del corsario traían más velocidad que los nuestros y tenían todos sus aparejos en perfecto estado. Avanzaban hacia nosotros con la fatalidad de las venganzas. Los tiros de pólvora que nos quedaban y que tras la tormenta todavía podían utilizarse, los dispuse en estribor con los pocos artilleros que viajaban con nosotros. A los demás, armé como pude con lo que había en el barco, que no era mucho, como tampoco lo era el valor de los que viajaban conmigo, que venían hartos de guerras y de muerte de la Nueva España y que veían cómo podían morir cuando ya casi tocaban tierra española.



 Yo dirigía las operaciones desde una de las naves que quedaron maltrechas tras la tormenta; Diego de Ordaz capitaneaba la otra que tampoco quedó en buen estado; a la tercera, mandé mudar a Alejandra, a quien confié la carta que me diera Cortés, y di órdenes al capitán de desplegar todo el velamen y huir, a la señal que con ellos convine, si nuestra suerte no era lo bastante como para rechazar el ataque de los corsarios.



Cuando los franceses estaban a tres tiros de ballesta, se escuchó la primera salva de cañonazos y la grita horrible de los corsarios cuando preparan el abordaje. Di orden de abrir fuego y las explosiones, el humo, y las astillas que saltaron de la arboladura del barco, se hicieron todo uno para nublar el cielo limpio del océano con la ruina del combate. Dos impactos de proyectil sobre el bauprés de proa y la brazola de estribor hicieron zarandear nuestra embarcación al tiempo que decenas de calabrotes con garfios en sus extremos, salieron de los barcos franceses en una lluvia de cuerdas que pretendían amarrar el costado de nuestras naves a las suyas y dejar el paso franco al abordaje y al combate cuerpo a cuerpo. Uno de los barcos franceses hacía agua por los agujeros que nuestros disparos habían hecho en su cuaderna, y en otro, las lenguas de fuego de las teas encendidas que les arrojamos habían prendido en sus velas.



En un momento, nuestro barco se estremeció cuando las dos cubiertas chocaron. Un aluvión de hombres hambrientos de riqueza y de odio se echó sobre nosotros.  Antes de entrar en combate ondeé el pañuelo blanco que Alejandra me regaló como señal para que nuestro tercer barco huyera, rogando a Dios que los franceses supieran que el tesoro que buscaban estaba en mi barco y no en el que intentaba poner océano y distancia entre nosotros. Sobre nuestra cubierta se mezclaron sangre y gritos, se multiplicó la carne hambrienta de más carne. No sé cuántos franceses conseguí alancear antes de que un golpe brutal me derribara y me hiciera perder el conocimiento.



Cuando desperté, me encontré atado de pies y manos al mástil de uno de los barcos franceses, junto a Diego de Ordaz, que también estaba atado junto a mí y que me miraba con los ojos alucinados de quien ha visto demasiada muerte a su alrededor. Me dijo que después de tomar nuestras dos naves, pasaron a cuchillo a toda la tripulación que quedó viva. También me contó que habían guardado en sus bodegas el tesoro que llevábamos al Emperador y que uno de los barcos franceses salió en persecución de la tercera nave española, pero no supo decirme si había o no podido darle alcance. A nosotros dos, según me dijo, nos llevaban como rehenes para pedir recompensa por nosotros. Yo pensé entonces que lo único que estaban haciendo era aplazar nuestra muerte, pues no confiaba mucho en la generosidad del Emperador con dos capitanes casi desconocidos para él, y más aún cuando la carta que me entregara Cortés, y que era mi máxima esperanza, ya no viajaba conmigo.



Mi vejez piadosa de hoy casi ha borrado los recuerdos de los días que siguieron a aquel en que fuimos capturados, y es que la sed y el hambre, la miseria y la pena, adormecen pronto la memoria para que no pisemos cada día los cristales rotos de los malos recuerdos. Después de muchos días de navegación llegamos a un puerto francés, de allí nos condujeron con los ojos vendados a una casa en el campo donde nos retuvieron durante meses en una habitación oscura, en la que la luz sólo entraba dos veces al día, cuando venían a traernos agua y comida – si es que a aquello se le podía llamar comida -, y a cambiar la palangana que utilizábamos de excusado. De cuando en cuando, venía un francés que chapurreaba algo de español y por él supimos que nuestro tiempo se acababa, que no había respuesta alguna desde España, y que el francés a quien Jean Florín había confiado la gestión del rescate había dado un plazo de una semana, pasado el cual, si no llegaban noticias desde España, nos ejecutaría.



Durante los días que siguieron a aquel, Diego de Ordaz y yo apenas intercambiamos algunas frases, comidos como estábamos del miedo que da la cercanía de la muerte. Todo el tiempo se nos iba en rezar, en exprimir los recuerdos gratos que del pasado venían a echarnos una mano para anestesiar el terror que hora a hora se adensaba en aquella habitación como si fuera un humo espeso, transparente, e inevitable. Uno tras otro fueron pasando los días, y nuestra desesperación iba creciendo, hasta que una mañana escuchamos pasos de varias personas. Se abrió la puerta, nos ataron las manos a la espalda y nos vendaron los ojos. Después, nos condujeron hacia el exterior. Sentimos por vez primera, después de muchos meses, el viento y el olor a limpio del campo. Subimos a un carro y nos condujeron durante un buen rato hacia lo que nosotros pensábamos que era nuestra muerte. Cuando el carro paró, el francés con quien nos entendíamos nos dijo que habíamos tenido suerte, que alguien había pagado el rescate. Atados y ciegos como estábamos, permanecimos quietos mientras escuchábamos cómo mientras se alejaba el carro que nos había traído, otro distinto se acercaba a nosotros. Se detuvo y sentimos cómo bajaba alguien. De pronto, percibí claramente un olor a alta mar, a Caribe, a noche de insomnio y de luna; después, una mano que deshacía los nudos de la venda que me tapaba los ojos. La luz cegadora, y detrás, la mirada oscura y redentora de Alejandra, que había venido para llevarnos con ella a España.



Para decir lo que entonces sentí, no tengo las palabras, porque ninguna de ellas alcanza ni de puntillas a describir la felicidad que dulcemente me golpeó. No sé cuánto tiempo estuve abrazado al cuerpo tibio y estremecido de Alejandra, quiero ahora pensar que fueron siglos.



Alejandra había roto su matrimonio forzado y empeñado todo lo que tenía sólo por buscarnos. Emprendimos la vuelta hacia España con la misma ilusión adolescente que en el mes de enero del año 1.515 hizo que me subiera a un barco rumbo a América. Cuando entrábamos en Madrid, Alejandra ordenó detener la diligencia y me ofreció un sobre lacrado. Lo abrí para ver la carta que Hernán Cortés me confiara para llevarla ante el Emperador Carlos V y que ella había guardado en secreto todo este tiempo.



******



Cumpliendo el refrán, San Blas nos trajo hoy a Medellín la primera cigüeña del año. Aquí llegamos Alejandra y yo hace ya mucho tiempo, después de cumplir lo que Cortés me encomendara. Aquí nació nuestra hija, Ana, que se casó hace ya unos años con un Secretario Real de Felipe II, y marchó a Madrid, a vivir en la Corte las intrigas de un imperio que a mí se me antoja demasiado grande. Supongo que el porvenir guardará en sus libros mi nombre y no el de Alejandra, pero ya sabemos que la Historia está hecha de hombres y mujeres sin nombre, ladrillos de silencio para construir el edificio de los siglos.  Ahora que la vejez de Alejandra y la mía ya no están para muchos futuros, he querido dejar por escrito su nombre, aunque sólo sea para hacer justicia en la historia en minúsculas que lleva dentro esta carta, que ya termino, porque la vela que me alumbra está quedándose sin cera.





2 comentarios:

  1. Magnífico y excelso relato.
    Como dicen en mi pueblo, por cierto donde San Blas es el 3 de febrero y no el 5, imagino a aquellos valientes españoles mas duros que 'la rodilla de una cabra' o la 'pechuga de un tractor', elementos ambos de dureza superior al cuarzo, según la creencia de mis paisanos. Enhorabuena y gracias por deleitarnos, Luis.
    Manuel Pedrosa.

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    1. Sí que eran duros, sí; ya me gustaría a mí tener rodillas y tobillos de cabra.... La visión de la vida que debían en aquella época tener debía radicalmente distinta a la nuestra.

      Muchas gracias por tu comentario, me alegra mucho que hayas disfrutado con las aventuras de Alonso de Mendoza.

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