Mi
unicornio azul
ayer se me perdió, y puede parecer acaso una obsesión, pero no tengo más que un unicornio azul y aunque tuviera dos yo sólo quiero aquel.
(Silvio
Rodríguez)
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Confieso que sentí cierta vergüenza cuando me enteré que
aquel tío lejano, a quien apenas conocí en vida, me había dejado, al morir, su
rifle de caza. Era cierto que yo era el único sobrino al que le tiraba el
monte, pero mi experiencia con la caza tampoco iba mucho más allá de los cerros
y de los rastrojos cercanos a mi pueblo, detrás de las perdices o de los
conejos, con la vieja escopeta de perrillos de mi abuelo, que también había
heredado, como un testigo en el relevo de las generaciones.
